24 enero 2008

Vacaciones

Ayer pensaba en las vacaciones y me sorprendí de la lúgubre perversidad que encierran: pasamos días y días planeando, proyectando, soñando, deseando, esperando esos 15 días que finalmente se pasan, la mayoría de las veces, con más pena que gloria.

Es que entre el sol, el viento, la lluvia, los bolsillos, el maldito tráfico, los otros turistas y, fundamentalmente, el contraste entre la realidad y las desmedidas expectativas, uno vuelve con la inconfesable convicción de que se parecieron muy poco, por no decir nada, a las vacaciones que soñó.

Pero es que aunque sigamos encontrando las razones de esta situación en factores externos la verdadera respuesta se halla en la concepción misma de las vacaciones.

Es que las vacaciones son esos 15 días al año en el que dejamos de ser nosotros para vivir una ficción: primero nos trasladamos a otro lugar –hecho que facilita la transmutación- y luego pretendemos tomar sol, leer, comer frutas y salir a correr cuando en condiciones normales somos vampiros carnívoros que no ejercitamos otro músculo que el del zapping.

En definitiva, qué podemos esperar de 15 días de burdo y caricaturesco artificio donde nos despersonalizamos pretendiendo una vida que nos es completamente ajena en contraste con los otros 350 días el año? No lo sé, no tengo una respuesta. Pero prometo que no cejaré en mi intento de seguir yendo de vacaciones hasta encontrarla.